lunes, 31 de octubre de 2011

El cuerpo es el mejor aliado para entrar al silencio

Por Leandro Dimarco

Aprendiendo de los maestros ( E.M.Lozano)

Cuando hablamos de hacer silencio, por lo general pensamos en un silencio exterior, como ausencia de ruidos o de palabras, pero el silencio es algo más que tener la boca cerrada. A veces, un silencio de este tipo (exterior) puede convivir con un obsesivo y crispado ruido interno. Hablamos también de un silencio mental, afectivo, incluso contemplativo o místico. Pues bien, todos ellos requieren el silencio corporal. Nuestro cuerpo nos está hablando constantemente. Habla con sus gestos, sus dolores, sus “ruidos” y nos pide de mil maneras que lo escuchemos y lo acojamos con cariño. Hay, pues, un primer paso imprescindible:

· silenciar el cuerpo, o mejor,

· escucharlo hasta que él mismo vaya silenciándose, superando los miedos y toda la variedad de dificultades que nos impiden acogernos y encontrarnos.

El cuerpo, como un niño, se silencia cuando lo escuchamos, cuando permitimos que se exprese. A ello va dirigida la relajación, como una buena alternativa (hay ejercicios simples, unos minutos previos a la oración silenciosa suele ayudar). El cuerpo es nuestro mejor aliado para “entrar” en el silencio, gracias a la escucha de las sensaciones profundas. Más allá de las sensaciones superficiales, con ayuda también de la respiración abdominal, accedemos a la zona profunda de nuestro cuerpo, en el bajo vientre, y es ahí donde experimentamos sensaciones de vida, calma, fuerza…, silencio. Ése es el lugar de nuestra identidad, nuestro “buen lugar”, el “centro vital”, donde habitarnos y desde el que vivirnos. Al conectar con las sensaciones que brotan en él, somos introducidos en el verdadero silencio. Y es pegados a ellas como podemos permanecer largamente en él, por lo que puede decirse que hacer silencio y meditar, es, sencillamente, sentarse y sentirse. De ese modo, reencontraremos el gusto por el silencio: en la medida en que hagamos la experiencia de que es un silencio habitado:

· por mí,

· por Él,

· por las personas queridas,

· por los anhelos y aspiraciones…

Es vitalizante, restaurador y fecundo. Se trata de oír el propio silencio: ¡tenemos tanto que aprender si lo escuchamos y lo comprendemos! El silencio nos trae siempre novedad, sensación de estreno, disponibilidad a la vida. Quedarnos en silencio es sentir nuestra vida, nuestra identidad, la Fuente de la que manamos y en la que somos. Gracias a él, nos vamos aquietando y “descendiendo” a nuestra zona profunda. Sin prisas, sin atajos, “nos quitamos las sandalias” porque estamos en lugar sagrado… Estamos preparados para la meditación, como ejercicio paciente y humilde de “permanecer” en el silencio, bien pegados a las sensaciones que percibimos en lo profundo de nuestro cuerpo.

Dicho árabe atribuido a Jesús: “La búsqueda de Dios consta de diez partes: nueve de silencio y una de soledad”.

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