Por Clarice Bryan
No soy más que una budista principiante, pero intento comprender el significado de no codiciar. Hasta ahora he descubierto el paso intermedio: no esperar. Busca y encontrarás, pide y recibirás; infinidad de expectativas donde quiera que mires. Una innumerable serie de perspectivas que no han hecho más que distraerme durante gran parte de mi vida.
¡He sido la gran acaparadora de expectativas!
Ahora bien: centrar las expectativas en mi misma es una cosa, pero volcarlas en otras personas acaba resultando una farsa. Cuando abrumo a quienes me rodean con una serie de necesidades que he creado sobre su comportamiento, o creo objetivos innecesarios -y, en general, no deseados- para terceras personas y luego espero que comprendan mi decepción, o incluso mi ira cuando no logran satisfacerlas, en realidad lo que fracasa son mis expectativas, no las ajenas. Pero, por supuesto, les culpo a ellos.
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La redacción de este manuscrito se convierte, para mí, en una forma de asimilar el conocimiento y los principios de la disciplina budista, una filosofía que me aporta paz y dicha, y que espero compartir con otras personas. Creo que podemos vivir mejor si esperamos menos en todos los aspectos de la vida.
AMIGOS
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Los amigos dan mucho más sabor a la vida. Y no se trata de una de mis expectativas: sencillamente así sucede. He tenido la fortuna de hacer muchos amigos a lo largo de todos estos años, y con muchas viejas amistades aún mantengo el contacto. Tal vez sólo hablamos una vez al año, pero es suficiente.
En su día tuve amigos que deberían haber sabido lo que esperaba de ellos, aunque no se lo dijese. También tuve amigos que me decepcionaron; es decir, que no cumplieron con mis expectativas. Pero fué mi culpa, porque sus expectativas no coincidían con las mías...; y en aquella época yo sí que tenía muchas.
Con algunos mantuve una relación más difícil debido a lo que esperaban de mí. Se sentían más necesitados, menos seguros, y me exigían cada vez más. Tuve dos amigos en particular a quienes rogué que dejasen de formar parte de mi vida porque porque ya no podía ofrecerles lo que en realidad no necesitaban. Me resultó muy difícil, porque no me entendían ni estaban dispuestos a escuchar lo que no querían oír. No me siento orgullosa de lo que hice. Fue completamente improcedente.
No creo ser yo quien elige a mis amigos, ni tampoco a mis parejas. Simplemente aparecen en mi vida. En ocasiones, por las cosas que tenemos en común; en otras, por nuestras inusuales diferencias y la sorpresa y alegría que nos produce descubrir lo que jamás habríamos esperado del otro. Una amiga mía disfruta jugando con mi inexperiencia, sorprendiéndome siempre que puede con el mundo real en el que vive. La adoro por esa razón.
Para mí, ser amigo significa apreciar, ayudar, proponer ideas sobre dónde buscar respuestas y hacer cosas divertidas con mis compañeros. Al igual que los animales que viven conmigo, mis amigos me alegran la vida; cada uno a su manera, pero sin duda me provocan alegría. Sólo deseo pagarles con la misma moneda. Aún estoy aprendiendo a ser una buena amiga.
Los amigos pueden ser fuertes o frágiles, alocados o serenos. Se presentan en diversas formas y continúan poniendo a prueba mi consciencia y desafiando mis expectativas. Las semillas de la amistad no son diferentes a las semillas del amor. Lo importante es ser consciente y estar presente. Eliminar las expectativas y simplemente disfrutar de lo que pueda suceder me ayuda a convertir a mis amigos en personas sorprendentes e interesantes. Y, sin lugar a dudas, cuanto más profundicemos nuestro amor por nosotros mismos, con mayor plenitud podremos amar a los demás.
Extraído de:
VIVIR SIN ESPERAR
Una Guía Zen
Clarice Bryan

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